Descripción
Cuarenta días después de su resurrección, Jesús reunió a sus discípulos en el Monte de los Olivos. Allí, después de encomendarles la Gran Comisión, les hizo una promesa que cambiaría la historia: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).
Y entonces sucedió. “Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos” (Hechos 1:9). Los once apóstoles, de pie sobre la colina rocosa, contemplaron atónitos cómo su Maestro se elevaba hacia los cielos, envuelto en luz divina. No era un adiós, era una coronación. “Y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que bendiciéndolos, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo” (Lucas 24:50-51).
Mientras miraban fijamente al cielo, dos ángeles aparecieron junto a ellos con un mensaje de esperanza: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:11).
Cada vez que veas esta imágen recuerda
La Ascensión no fue una despedida, sino una transición gloriosa. Jesús no nos abandonó; ascendió para prepararnos lugar (Juan 14:2-3) y para interceder por nosotros ante el Padre (Hebreos 7:25). Aunque ya no caminamos físicamente a su lado, su promesa permanece vigente: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20).
Esta imagen nos invita a recordar que, como aquellos once testigos en el Monte de los Olivos, nosotros también hemos sido llamados a ser testigos de su gloria hasta lo último de la tierra. Mientras esperamos su regreso prometido, vivimos bajo el poder del Espíritu Santo, cumpliendo la misión que nos dejó.








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