Descripción
“Luego dijo a Tomás: ‘Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.’
Entonces Tomás respondió y le dijo: ‘¡Señor mío, y Dios mío!’” — Juan 20:27-28
Esta imagen captura el momento más íntimo y transformador después de la resurrección:
Jesús mostrando Sus cicatrices a Tomás y los apóstoles incrédulos.
Habían visto Su muerte. Habían llorado Su partida. Habían perdido toda esperanza.
Y ahora, frente a ellos, estaba el mismo Jesús… pero diferente.
Vivo, pero con las marcas de la muerte. Victorioso, pero sin esconder las heridas.
Jesús no rechaza a los que dudan – No reprendió a Tomás por su incredulidad; le ofreció exactamente lo que necesitaba: evidencia.
Las cicatrices son prueba de amor auténtico – Cualquiera puede decir “te amo”. Jesús mostró Sus manos perforadas como recibo de pago. El amor verdadero deja marcas.
La resurrección no borra el sufrimiento, lo redime – Jesús pudo haber resucitado sin cicatrices. Pero las mantuvo. Porque tus heridas también cuentan tu historia de victoria.
Dios responde al corazón sincero – Tomás no fingió fe. Expresó su duda honestamente. Y Jesús honró esa honestidad acercándose, no alejándose.
Ver Sus cicatrices cambia todo – Tomás pasó de “no creeré” a “¡Señor mío y Dios mío!” en un instante. Cuando realmente ves lo que Él pagó por ti, la duda se desvanece.



Valoraciones
No hay valoraciones aún.