Descripción
“Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. Mas Juan se le oponía, diciendo:
‘Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?’ Pero Jesús le respondió: ‘Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.’”
— Mateo 3:13-15
Esta imagen captura el momento más humilde y extraordinario del ministerio de Cristo:
Su presentación pública ante Juan el Bautista en las aguas del Jordán.
Imagina la escena: Juan, el profeta del desierto, bautizando a una mujer en primer plano.
Sus manos curtidas sostienen con ternura a alguien que busca limpieza espiritual.
Y entonces… lo ve.
Caminando por el río, acercándose en la distancia difuminada: Jesús. El único hombre que no necesitaba arrepentimiento.
El único que venía no a ser limpiado, sino a identificarse completamente con la humanidad quebrantada.
“Yo soy el que necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?” (Mateo 3:14)
Pero Jesús insistió. Porque desde el primer momento de Su ministerio público, eligió el camino de la humildad.
Jesús se identifica contigo en tu bautismo – No vino como espectador; entró al agua. Se puso en tu lugar desde el día uno.
Tu arrepentimiento no te aleja de Él, te acerca – Cada persona que Juan bautizaba estaba confesando necesidad. Y Jesús caminó hacia ellos, no desde ellos.
Los nuevos comienzos son posibles – El Jordán era el río de transiciones: de esclavitud a libertad, de desierto a promesa. Tu vida también puede cruzar hacia algo nuevo.
Él santifica tus aguas – Cuando Jesús entró al Jordán, no fue el agua la que Lo limpió; fue Él quien santificó el agua para todos los que vendrían después. Tu bautismo (literal o metafórico) tiene poder porque Él ya pasó por ahí.
Juan lo reconoció, y tú también puedes – “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.” A veces Dios se acerca difuminado, en medio de tu rutina, y de repente… lo ves.





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